Un día no hace mucho paseaba por la calle, sola, de noche. No me apetecía pensar en nada en concreto. Observaba, entretenida, un ramo de rosas marchitas en un contenedor. Imagina un campo de distintas flores y colores, y después, con el tiempo, el mismo campo asolado, sin ninguna flor y sin indicios de lo que una vez había sido. Sin rastro de las flores, olvidadas y desaparecidas.
Paso a paso seguía caminando. Gente, montones de gente. Les observaba también. Todos diferentes, todos iguales. Rostros inexpresivos, inmersos en sus problemas del día a día. La infelicidad me sonrió desde sus caras, y le devolví el gesto. No sé cómo pero siempre consigo darle esquinazo, sin mirar atrás. De momento.
Más rostros y más gente. Prisas, vidas vacías, sin sabor. Cosas en común y otras que no tienen nada que ver trazan sus destinos, enlazan sus manos en silencio.
En medio de ese silencio le robé un beso a la verdad. Nada le pedí, pero con creces me lo devolvió. Fue injusta por una vez, pero quién no lo es de vez en cuando... Ahora me mira implorando perdón tras una cortina azul por la que se asoma la primavera, cansada ya del mundo gris de invierno; aunque no se enfrentaba esta vez a ningún reproche más que el suyo propio. Yo, en cambio, no permitiría que me pasase aquello.
Seguía paseando, tranquilamente, sola. Pétalos de rosa secos que dormían en el suelo captaban toda mi atención a medida que avanzaba. De un rojo intenso y encendido todavía, con su personalidad propia, pero totalmente secos. El suelo a menudo acoge a esos pequeños detalles que tiramos sin darnos cuenta y también adrede. Detalles significativos, capaces de dar sentido a una mera palabra. Pero a la vida eso le traía sin cuidado.
Nubes grises en lo alto de la ciudad habían expresado hacía un rato la tristeza de la tarde al desaparecer, al ponerse el sol. Todo tan igual... y en el fondo, tan diferente. Como una mariposa que, consciente de su belleza, se deja ver. Acaba de ocurrirle algo que gira su rumbo: unas preciosas alas se yerguen, altas, tras ella. Sigue siendo lo mismo en esencia, pero algo ha cambiado. Muestra su lado más vivo, el mejor que puede mostrar. Es motivo de su orgullo. Algo curioso el orgullo. Aunque, al igual que las delicadas rosas, puede marchitarse; en fin, como todo.
Llegaban a mí pensamientos desde el otro extremo de la ciudad gracias al frío viento, que se empeñaba en acompañarme, aunque yo me intentase negar a ello. La soledad puede adecuarse muy bien a uno mismo, se pega tanto a la piel que no se quiere prescindir de ella; y hace de lo más invisible, lo más molesto. Como el viento.
Invisible... Un recuerdo dibujó una sonrisa en mi boca, fiel cómplice de mi distraída mirada, que últimamente nadie se molesta en comprender. Cómo sería volverse invisible durante un rato, unas horas, o tan sólo unos minutos... No, desde luego que no estaría mal del todo. Encubrirse ayuda a aceptar que no podemos desaparecer o que quizá no debamos, aunque para algunos se convierta en la única salida.
Iba despistada, despreocupada de todo, sólo quería observar. Me tropecé con alguien y la libertad se disculpó. Sus ojos reflejaban amables errores. Solía equivocarse de personas; en el fondo la compadezco. Unos tanta y otros tan poca. Volví a sonreír. La sensación de tenerla cerca hizo que no me fijase en la tranquilidad que se iba imponiendo en la noche, todavía pronto; ni en el silencio que me gobernaba.
Palabras innecesarias sin pronunciar no perturbaban mi silencio, interminable desde hace ya tiempo. Así nada quedaba en el aire y nada se perdía, pues de lo contrario el viento lo hubiese mordido con fuerza, devorándolo y haciéndolo desaparecer tan rápidamente como había aparecido.
Una vez leí que tenerlo todo es la gran causa del vacío interno. Somos tan pobres por dentro que da hasta pena mencionarlo. Nadie escucha las quejas del mundo, continuas e insaciables debido a su mala vida. Nunca me ha gustado pensar en el futuro, pero alguna que otra vez me pregunto qué será del mañana.
Me apresuré en el último tramo de la calle. La indiferencia me esperaba al doblar la esquina y yo llegaba tarde. Era inevitable a estas alturas, qué más cabría esperar. El hielo no siempre se derrite aún aplicando muchas llamaradas de fuego. Con una sola bien dispuesta a fundirlo no creo que opusiera tanta resistencia. Todavía resuenan en mí palabras que no dicen nada, ampliadas en el vacío.
Dolor en el cuello al llegar a casa, pero no era la primera vez. Observé bastante en un solo día. La libertad volvía a chocarse conmigo, escondida entre las gotas de agua fría que me alivian cada noche. Se refugia en cada milímetro de mi piel, y me recorre el cuerpo sin dejarse nada atrás; nunca se olvida, y se hace parte de mí como otras cosas no lo harán jamás. Respirar, coger y expulsar aire puro sin parar me acelera el corazón, más helado que el agua y más delicado que el cristal, y me ensancha los pulmones hasta darlos de sí.
Y la libertad queda inscrita en el rojo de mi sangre mientras duermo, esperando a ser algún día robada, como cada promesa pronunciada para que alguien la rompa. La tranquilidad del sueño hace posible pensar que siempre merece la pena levantarse de la cama. Una voz me dice al oído que la suerte se esconde en cualquier lugar, y que no deje ahora de jugar al escondite. Creo que no era muy difícil, pero no me acuerdo bien. Ya haré memoria mañana.